Disney: No recomendado para menores de 18 años

Normalmente, cuando digo en voz alta que Disney ha hecho mucho daño, siempre hay alguna risita de quien me escucha, suponiendo que estoy de broma.

Pero no. Realmente es lo que pienso.

Y eso no quiere decir, ni mucho menos, que no me gusten y entretengan sus historias, pero dejando al lado alguna de las últimas versiones estrenadas que se salva (que no demasiadas), el pez naranja y su simpática amiga (sé que se llama Nemo, no os alarméis), y el coche de carreras (que creo que también, aunque confieso que el tema de la competitividad tendría que observarlo con detenimiento)… lo demás no hay por donde cogerlo en cuanto a la educación de un niño se refiere.

Soy consciente de que mi autoridad para opinar, teniendo en cuenta mis conocimientos en este ámbito, deja mucho que desear: No soy madre, soy una pésima tía, no tengo ningún tipo de formación en el ámbito infantil y/o psicológico, y lo cierto es que por lo general, huyo de los niños como del agua demasiado caliente de la ducha, que a los cinco o diez minutos de exposición empieza a quemar.

Diré en mi defensa sin embargo dos cosas: He sido niña (algo que cae de cajón cuando se es mujer), y tengo un par de dedos de frente.

Las historias de princesas, perdonadme, pero son aberrantes. No es que no sean bonitas (al fin y al cabo, se podrían considerar novelas románticas en versión infantil, aunque estas también sean bastante… bueno, eso para otro día), y entretenidas. Pero el machismo subyacente… ¡es que me puede!

Eso por no hablar de las historias de caballeros andantes matando dragones, y super-héroes que vuelan o suben rascacielos sin cuerda para dejarse caer o lanzan rayos láser por los ojos para deshacerse de los malos. Que molar, claro que molan (son la versión infantil de 007, La jungla de cristal y yankilladas por el estilo), pero encierran el peligro de que un niño intente hacerlo.

Aún se me pone la piel de gallina al acordarme del día que mi madre encontró en la terraza del octavo piso en el que vivíamos entonces, a mi hermano de cinco años, ataviado con una toalla a modo de capa, y dispuesto a tirarse para, según explicó, volar como Superman.

Y ahí reside el verdadero problema: que un niño no es un adulto, y no creo que siempre tengan claro discernir entre la ficción para pasar un rato agradable sin más, y la realidad de lo que es y será su vida… o al menos todavía no han aprendido a separarlo como nosotros.

Y no sé qué es lo que más detesto, si que hagamos creer a nuestras niñas que han de esperar a un hombre fornido que les solucione la vida porque ellas serán incapaces por sí mismas, o que nuestros niños se crean en la obligación de llevar sobre sus pequeños hombros ciertas responsabilidades por el hecho de mear de pie.

Me asquea que intenten inculcar a nuestras futuras mujeres que el amor de un hombre es lo único importante que deben tener en su vida, y a nuestros futuros hombres que no serán realmente hombres si no derrotan a un dragón con sus propias manos.

Bastante nos cuesta entre todos hacer ver a las nuevas generaciones que dichas diferencias entre chicos y chicas no son tal, intentando apoyar con nuestro ejemplo lo que les decimos (aunque nos cueste horrores porque no nos lo inculcaron como intentamos hacer con ellos), para que venga tan pancho el Imperio Mr. Walt, a joder la marrana en hora y media de película, para llenarse los bolsillos.

Y por supuesto que todo esto no quiere decir que no tengamos nosotros parte de culpa en su percepción de las historias que les cuentan.

Porque perciben nuestras actitudes, aunque no nos demos cuenta, (y lo que es peor, las imitan) como cuando nos asombramos al ver a un niño jugando con la muñeca de su hermana (porque claro, la muñeca se la hemos regalado a ella, aunque a él también le encantan), o cuando elegimos para Reyes la cocinita para ella y la caja de herramientas para él, aunque sepamos que a la niña le gusta más el taladro que la olla, o cuando vamos a comprar los disfraces para Carnaval sin que ni siquiera se nos pase por la cabeza que ella quiera disfrazarse de guerrero ninja, e incluso en el fondo, sepamos que haría saltar nuestras alarmas que él pidiera un vestido de princesa.

Seguro que después de recapacitarlo no pensaríamos igual, pero la primera reacción, ellos ya la han visto.

Para qué negarlo, la apertura de nuestra mente, por muy modernos que nos creamos, no ha llegado todavía tan lejos.

Esperemos que ellos lo consigan.

 

 

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