Yo también soñé con ser Carrie Bradshaw

El otro día, mientras comía con mis amigas, salió no sé cómo la serie Sexo en Nueva York, después de un montón de tiempo sin pensar en ella…

Y me acordé de un documental que había visto sobre ella, cuando me tragaba todo lo publicado sobre la serie en formato vídeo, audio, fotografía o papel.

En el documental hablaban, cómo no, del fenómeno Sex and The City, y parece que muchos pensaban (muchos, que no muchas), que el principal aliciente de la misma había sido que envidiábamos a Carrie y sus conquistas, y que la historia de amor entre ella y Mr. Big había hecho que nos engancháramos como bobaliconas para saber qué pasaba al final… Esas cosas.

¡MADRE MÍA!….

¡No se han enterado de nada!

Soñábamos simplemente con ser ella, al margen de los hombres que la rodeaban. Ni Mr. Big, ni Aidan, ni el ruso, ni todos los que pasaron por su vida nos importaban demasiado.

Queríamos ser Carrie, ser una chica urbanita, independiente, soñadora, con éxito en su trabajo y amigas incondicionales a las que acudir en cualquier momento, todo ello aderezado con cócteles mega-cool en la Gran Manzana, noches de ópera en un palco, ropa de firma y un millón de zapatos en nuestro armario…

Soñábamos con un buen trabajo, disponer de nuestro propio tiempo, hacer cosas divertidas cada día, y muchos, muchos, muchos zapatos.

Samantha nos enseñó a ser fuertes e independientes, Charlotte a sacar el genio cuando la vida lo exigía sin perder nuestra dulzura, Miranda a ser más prácticas sin perder de vista lo realmente importante y Carrie a ser nosotras mismas a pesar de todo.

A partir de ellas, decidimos que teníamos derecho a vivir nuestra propia vida como nos diera la gana, a ser nosotras mismas pese a las opiniones ajenas, a quedar a tomar un vino (por estas latitudes no se estila el Cosmopolitan) un martes cualquiera porque nos apetecía, a ponernos un vestido de noche con una rebeca de lana encima porque a nosotras nos gustaba, a que todas lloramos por amor alguna vez, a hacer más cosas de chicas dejando de lado todo lo demás por un ratito, a que no pasa nada por entrar solas en un bar ó tomarnos algo en una terracita sin compañía, a que las mujeres también pueden hablar de sexo sin ser unas frescas por ello, a ser unas frescas si era lo que nos apetecía, a que hay más amores incondicionales que el de un maromo, a que no tenemos que conformarnos porque es lo que toca… y sobre todo, a que simplemente NO SE PUEDE VIVIR con cuatro pares de zapatos por temporada como habíamos hecho hasta entonces.

(Por cierto, Señores de la Industria Zapatera. No entiendo cómo es que a estas alturas no han canonizado ya al personaje, y nombrado a Sta. Carrie patrona oficial del gremio. Gracias a ella se han hecho de oro).  

Aprendimos que hasta ellas eran humanas, que tenían pelos donde no toca, que engordaban si se pasaban con el chocolate o habían sido madres, que les salía un grano el día más inoportuno, que se comían el coco decidiendo qué ponerse para salir a cenar, que no todo les salía bien y no todo lo hacían bien a la primera… Eran humanas y divinas, sin que una cosa anulase a la otra.

Aprendimos a sacudirnos de un plumazo tanta idea apolillada que nos rodea, y ponernos el mundo por montera cada mañana.

Y sobre todo, aprendimos que nosotras somos las protagonistas de nuestra propia vida.

Porque sí, señores. Aprendimos.

Somos divinas. Tanto a los veinte, como a los treinta, los cuarenta ó los cincuenta. Altas, bajas, gordas, flacas, rubias, morenas, pelirrojas…

Somos divinas porque nos da la gana. Con nuestros miedos, reveses e inseguridades, seguimos siéndolo…

Porque todo eso es lo que nos hace únicas.

3 opiniones en “Yo también soñé con ser Carrie Bradshaw”

  1. Sí, si que aprendimos todo eso…
    Y también que sin estar en Nueva York, vistiendo con “nuestro propio glamour” y con cuatro pares de zapatos podiamos ser ellas siempre que tuvieramos esas amigas incondicionales que es lo que de verdad, de verdad, de verdad IMPORTA!!!
    Yo siempre fui más de Miranda…jjj

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